24 ene. 2009

Arte Nuevo: '121 contenedores' y la escultura social de Víctor Castro

Reproduzco aquí la nota que publica nuestro amigo Miguel López en su blog Arte Nuevo.

El artista mexicano Víctor Castro dio por inaugurada públicamente, la semana pasada, su escultura social titulada 121 contenedores. Sobre el trabajo de Víctor Castro he hablado en innumerables oportunidades en este blog ya que hemos colaborado estrechamente en más de una oportunidad. Se trata de un trabajo escultórico concebido como una obra en proceso permanente, que se alimenta de la colaboración y el intercambio con otros miembros de su comunidad. Desde su estancia en Valladolid, cinco o seis años atrás, Castro derivaría sus experimentación escultóricas hacia el acopio de pequeñas varillas de metal que dejaban las máquinas barredoras por las calles, y luego ayudado por la repentina colaboración de sus compañeros. El trabajo de Castro entonces -quienes hayan tenido la suerte de ver las imágenes lo sabrán- estaba particularmente signado por una intersección entre el azar y la movilidad de la pieza, generando procesos múltiples del armado de las esculturas en una pequeña mesa. La pequeña historia no es accesoria ya que señala claramente la relación de Castro con los materiales, con los cuales literalmente se tropieza para investigarlos, entendiendo sus formas de relación con el entorno a fin de múltiplicar y alterar sus consecuencias.

Castro tuvo su primera individual en Lima en 2005, en la galería Punctum de Jorge Villacorta -quizá por eso sea bastante simbólico que en una de las últimas entradas de su blog Víctor diga: "Jorge Villacorta puso la primera tapita"-, donde mostraría precisamente sus formas de construcción escultórica donde al acopio se le sumaba un ordenamiento matemático en torno al número 11 y cierta poética del objeto encontrado. Sobre ello, para su exposición individual en el Museo de San Marcos titulada Elementos (2006), escribí: "Su relacionalidad matemática -su obsesiva relación con el número 11- y su consición formal aluden, en su paradójico modo, a un ordenamiento circunstancial del mundo casi delirante. Lo cual se ve reforzado también por la habitual negativo de Castro de fijar perdurablemente sus propios elementos, apostando en cambio únicamente por la tensión, superposición y acumulación de cada una de sus partes: cada 'obra' es también un momentáneo y personal tanteo -una escultura temporal, si se quiere-". Lo que me llamaba la atención entonces era la posibilidad de las esculturas de Castro de convertirse permanentemente en otra cosa, reincorporando elementos de una 'obra' hacia otra, en una suerte de re-ensamblaje incesante. Quizá lo que no pude advertir por completo entonces era que Castro haría del propio movimiento de los materiales -del movimiento en sí mismo- el eje central de su producción posterior.
Creo que 121 contenedores es precisamente la pieza que mejor señala ese giro radical de su trabajo hacia un tipo de desmaterialización que encuentra en las redes y en los vínculos de colaboración su principal propuesta. Así, los 121 contenedores de vidrio conteniendo las tapitas de colores se convierten en una suerte de construcción temporal que sirve no como obra en sí misma, sino el modo de mostrar un estadio del proceso de recolección. Es sorprendente ver cómo un llamado simple de colaboración diseminado por el espacio público es capaz no solo de convocar la ayuda y el interés de la gente, sino además incorporar, en sus propios hábitos cotidianos, estas formas de acción. Se trata sin duda de una dimensión extraterritorial al arte mismo, que desborda las dimensiones meramente formales para instalar nudos de experimentación en el ámbito diario, instancias de observación sobre aquello que nos rodea y que aparente carece de sentido al no estar incorporados en nuestra dinámica de capitalización económica directa.

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