8 mar. 2009

Nota en Le Monde Diplomatique

Zona escultórica: Tapas que destapan el arte de lo cotidiano y la belleza de la solidaridad

por Karla Poggi de Bullard

Estás reciclando, le dijeron los niños de uno de los colegios que se unió a la cruzada; nos estás dando cuenta de que somos una sociedad consumista, le sugirió el cliente de un bar que colaboró también; quieres que valoremos la importancia del trabajo en equipo, le explicó el gerente de una de las empresas patrocinadoras; y Víctor sólo dejó que cada uno le revele el verdadero significado de su propia obra.

Víctor Castro tiene ciento veintiuna razones para recolectar, porque a los once se dio cuenta de la belleza de lo cotidiano en su colección de latas de gaseosas importadas, expuestas en las repisas de su habitación en México, el país que lo vio nacer junto a su eterna curiosidad.

Museólogo, artista y pedagogo echa mano de cada una de sus facultades para expresar lo que siente, así creó un museo al aire libre con esculturas hechas de enseñanza y aprendizaje en una red de colaboración y solidaridad que trabajó desinteresadamente durante dos años. “Necesitaba una red de personas que recolectaran las tapas, un alcalde que me preste un parque y una empresa que me haga las urnas; una a una, toque las puertas necesarias y se me abrieron cordialmente y con una sonrisa. He aquí el resultado de la buena fe”.

Es arte por arte, desbordada del propósito que le quiera otorgar cada cual, según la libre interpretación de las piezas: para algunos reciclaje, para otros la exitosa culminación de un trabajo en equipo, de personas que no se conocían, pero que al ver la labor concluida se sintieron hermanadas en cada urna transparente, como las ganas de empezar algo por la emoción del proceso más que del resultado. “Siempre ha sido así, me fascina como transcurre el tiempo en el que desarrollo mis obras, me encanta ver como se va formando lo que finalmente resulta el conjunto de tantas acciones”.

El número once ha frecuentado su vida y de tanto percibirlo le encontró la belleza extendida en sus múltiplos que utiliza para hacer arte. “Todo confluye, no lo busco, el once viene a mí y me plantea fechas, cantidades y emociones”.

Así, ciento veintiuno resume el trabajo que empezó con la eventualidad de embocar una tapa de agua mineral en un depósito transparente, lo que trajo consigo el típico razonamiento de quien siente el girar del mundo: ¿Cuántas tapas necesitaré para llenar ese espacio?

La pequeña escala le devolvió a su tiempo en Valladolid cuando logró la primera red recolectora gracias a unas láminas de metal escondidas entre los adoquines de las calzadas. ¿Qué son? Le preguntaban quienes, sin pensar mucho, las recogían cada vez que iban o venían de un lugar a otro. Andaban por montones con las misteriosas piezas de ‘arte contemporáneo’ del amigo charro que había llegado a España para convertirse en museólogo y algo más. No sé, pero me gustan, respondía emocionado al darse con la sorpresa de que ya contaba con un gran número de “eso” causante de acaloradas discusiones y disparatados razonamientos en el proceso de descubrir sus usos u oficios, hasta que la verdad rompió el encanto con la ordinaria nueva de: ‘son los restos de las escobillas industriales que barren las calles de Valladolid por la madrugada’.

“Es hallar la belleza a lo cotidiano, sorprenderse del mundo, conservar la capacidad de impresionarse. Para mí los materiales recién están naciendo”.

El resultado fue una muestra de fibras metálicas onduladas al calor en una pieza impresionantemente impresionista, pero no tanto como la sensación de lograr que un grupo humano se solidarice con una causa ajena solo porque sí. “Así empecé, sin querer queriendo, con el sistema de redes humanas, y es que si tienes un don es bueno utilizarlo en algo positivo, yo cuento con una gran capacidad de convocatoria, así que formé una red gigantesca con la que más adelante trabajaremos en favor de una causa noble: hacer arte con responsabilidad social”.

Ciento veintiuno es el número de urnas, donde están contenidas las tapas que recolectaron la mitad de los limeños, entre ellos mis dos hijas. Ciento veintiuno son los centímetros que mide cada urna, con las que Víctor creó un mundo para que los niños puedan inventar laberintos mientras los adultos pensamos ¿y qué fue del millón de botellas a las que pertenecieron estas tapas? Y 121 Contenedores es el nombre de la escultura social de Víctor Castro.

Que el ser humano es bueno por naturaleza, que por eso es pedagogo, que simplemente hay que prender la mechita para que ese espíritu altruista salga del interior de las personas a iluminar el mundo, son parte de su postulado con el discurso del recolector que colecta cachivaches y obtiene almas para las causas buenas.

Resaltado: Es arte por arte, desbordada del propósito que le quiera otorgar cada cual, según la libre interpretación de las piezas: para algunos reciclaje, para otros la exitosa culminación de un trabajo en equipo, de personas que no se conocían, pero que al ver la labor concluida se sintieron hermanadas en cada urna transparente, como las ganas de empezar algo por la emoción del proceso más que del resultado. ♦



* ESCRITORA Y PERIODISTA.

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